Todo esto ocurre en Lima.
Terminé de tocar un par de canciones en un recital de poesía al que me invitó Mario Bendezú y salí del bar con Aejandra hacia la plaza de Barranco. Era sábado por la madrugada. Cerca de ahí, estaba un músico viajero, un guitarrista chileno a quien Alejandra conocía.
Improvisamos por media hora, luego dejamos que siguiera trabajando (el hombre tocaba en la calle y pasaba el sombrero a quienes le escuchaban). Nos despedimos, hasta luego compañero, un abrazo y, con Alejandra, seguimos caminando hacia el malecón fumando unos cigarros.
Sentados en una banca conversábamos, como siempre, de fantasías literarias o de cine. Alejandra contó que estaba terminando un guión cinematográfico por encargo.
Una hora más tarde, seguíamos viendo el mar de madrugada y saqué la guitarra. Improvisaba una armonía cualquiera, tarareando una melodía cualquiera, pensaba…
—Quiero escribir una canción sobre el miedo –le dije– pero…
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